24 de mayo de 2009

Un inquieto humanista, sin prejuicios,

quiso escribir un libro diferente,

“los valores humanos” ya perdidos:

el amor, la humildad y la prudencia,

la caridad, la gratitud, la fe en la vida,

el perdón, la verdad ya sin vigencia

en una sociedad lesiva y fría.

 

En la esquina de un parque concurrido

presentó la pregunta en un grafiti

que atrajo la atención de los presentes.

¿Qué es la humildad?... respuestas esperaba

para llenar las páginas del libro,

de conceptos del pueblo, de la gente

que vive, que trabaja, ama y siente.

 

La humildad para mi, dijo un anciano

reprimiendo un suspiro entre sus labios,

es rasgar la esperanza de los años,

y de cada pedazo insatisfecho

conformar un castillo sobre el pecho

y sonreír, pensando en los caminos

que nos hacen vivir sin desengaños.

 

En medio de un silencio reflexivo,

humildad, gritó un mancebo desde el fondo,

es compartir la barca de los sueños,

sentirse en la abundancia más pequeños

y esperar que en la cumbre el ser humano

pueda mirar tranquilo al hombre nuevo

sin fronteras sociales, sin codicia.

 

Una dama que apenas sonreía,

humildad, murmuró sin más espera,

es pureza de amar y ser amada,

es sentir y vivir sin vanaglorias,

sin pensar en bellezas ilusorias,

es despertarse el alba enamorada

del Dios que creó el cielo con estrellas.

 

Un caballero de mirar profundo

que escondía dolores y fracasos

dijo con voz calmada y sentenciosa,

humildad es grabar dentro del alma

el dar sin recibir, sin pedir nada,

es esperar el triunfo sin buscarlo,

es, en verdad, ser sabio sin notarlo.

 

No se dejó esperar la voz timbrada

de un estudiante que escucha atento

humildad es tomar la luz del día

y de cada fulgor no comprendido,

transformar su valor no definido

y con manos seguras y serenas

forjar un mundo nuevo, sin cadenas.

 

Yo quisiera decir, balbuceó un niño

con su boca manchada de espumilla

y mostrando sus dientes desiguales,

humildad es vivir agradecidos

por el poco o mucho pan que nos ofrecen,

es recibir de amor una caricia

de las manos que se abren sin malicia.

 

Y al fin, el trovador de las callejas,

organillero de sonrisa amable,

dejando descansar su tonadilla

y en actitud altiva, incontrastable,

humildad, afirmó con mucho acierto,

es apreciar la vida siendo pobres

y gozar sin orgullo siendo ricos.

 

Al momento un maestro que escuchaba

absorto con aquellas conclusiones, continuó,

la humildad para mi, si decir puedo,

es respetar la dignidad del hombre,

sumergirse en el yo, justo y sereno,

es aceptar el bien propio y ajeno,

libres de envidia de soberbia y miedo.

 

No muy lejos de allí, dos jovenzuelos

aplaudieron cocientes del momento,

la humildad es virtud que no se estila

en un mundo cargado de egoísmo,

el humilde no arriba ni prospera,

si levanta la frente lo escarnecen

para luego aplastarle la cabeza.

 

 

El otro dijo con pasmoso aplomo,

la humildad, mandamiento de hace siglos,

abate al ser humano hasta el abismo,

se va contra el dominio de sí mismo

acata sin protesta, se envilece,

automatiza su mirar sombrío

en obediencia vergonzante y necia.

 

Un mendigo que oyera aquellas frases,

conmovido con tantas reflexiones

expreso con firmeza y señorío,

humildad es vivir sin hacer daño,

es perdonar y amar sin condiciones,

es comprender a Dios sin desvaríos

para morir en paz, señores míos.

 

El humanista calló por un momento,

levantó la cabeza ante la gente

que rodeaba curiosa aquella esquina

y dijo las palabras más hermosas

que llegaron sin duda a los presentes,

por la leve sonrisa que flotaba,

por furtivos suspiros y el aplauso

que la emoción a todos arrancaba.

 

No esperemos milagros sobrehumanos,

no seamos robots de la inconciencia,

levantemos la voz cuando creamos

renovar principios y valores muertos,

vivamos sintiendo al ser humano

para ser de su esencia el paradigma,

artífice del mundo y de la vida.


Publicado por dignamada @ 10:32 AM
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