(1948)
Mi flor era preludio
en el latir del surco,
sus corolas, caricia
dulcemente formada;
hablaba su ternura
con su aroma impregnado
en mis sueños de niña
en mi tierna mirada.
Mi cáliz perfumado
abríase a la vida,
umbilicada esencia
de virginal suspiro;
allí estaba mi mundo
agrietado de miedos
deshojando silencios
torpemente invadidos.