Hablarme quieres cuando ya el invierno
heló la dicha, la esperanza mía,
pedir perdón por Dios o por tu madre,
no deja de extrañarme tu ironía.
Invocas al pasado por testigo,
levantas necio el ovo del ayer,
pides una sentencia al desatino
en este juicio sin demanda y juez.
No seré yo la que juzgare tu alma,
será el camino que no vio pasar,
el árbol, el arroyo, la enramada,
los que oyeron promesas perjurar.
Ellos fueron testigos de tu infamia,
de tu traición cobarde, sin perdón;
¡retroceder el tiempo, señor mío!
ni tu arrepentimiento, solo Dios.