Salvaje creación musulmanesca
en la topografía del destino,
malvas y buganvillas arabescas
en el umbral florido del cariño.
La mezquita fulgura en el ocaso
entre jazmines, lirios y glorietas
y un audaz jilguerillo marca el paso
de doscientas alegres panderetas.
No muy lejos de allí, una bandada
de picaflores juegan a la ronda
entre musgos, maizales y geranios.
Todo invita al descanso, la alborada
sorprende a Dios dormido entre la fronda
mientras Quito festeja su cumpleaños.