Muy lánguido el paso, suspirante el pecho
regresa a su casa el gran remador
el alma abatida y el cuerpo deshecho,
todo le acompaña al buen pescador.
Llega a su morada, muy baja la frente,
saluda a los suyos con tímida voz,
luego, con lo dulce de su pecho ardiente
exhala un suspiro muy quedo y atroz.
Le mesa está puesta y su esposa reza,
levanta sus ojos e invoca al Señor,
entonces detiene mordida la queja
rebelde, ahogada en grito sin voz.
En rudo trabajo, por dura faena
padece en silencio su propio dolor
y a veces, tendido sobre ardiente arena
olvida sus penas el gran pescador.
Hombre de mi patria, tu tierra fecunda,
de costas y playas de raras bellezas,
no dejes cobarde que tu alma se hunda
en mar de silencios, en mar de tristezas.
Pescador valiente, levanta tu frente,
no vivas conforme la vida de un paria,
trabaja y reclama, define a tu gente
por pan y justicia, por paz y por patria.