Un inquieto humanista, sin prejuicios,
quiso escribir un libro diferente,
“los valores humanos” ya perdidos:
el amor, la humildad y la prudencia,
la caridad, la gratitud, la fe en la vida,
el perdón, la verdad ya sin vigencia
en una sociedad lesiva y fría.
En la esquina de un parque concurrido
presentó la pregunta en un grafiti
que atrajo la atención de los presentes.
¿Qué es la humildad?... respuestas esperaba
para llenar las páginas del libro,
de conceptos del pueblo, de la gente
que vive, que trabaja, ama y siente.
La humildad para mi, dijo un anciano
reprimiendo un suspiro entre sus labios,
es rasgar la esperanza de los años,
y de cada pedazo insatisfecho
conformar un castillo sobre el pecho
y sonreír, pensando en los caminos
que nos hacen vivir sin desengaños.
En medio de un silencio reflexivo,
humildad, gritó un mancebo desde el fondo,
es compartir la barca de los sueños,
sentirse en la abundancia más pequeños
y esperar que en la cumbre el ser humano
pueda mirar tranquilo al hombre nuevo
sin fronteras sociales, sin codicia.
Una dama que apenas sonreía,
humildad, murmuró sin más espera,
es pureza de amar y ser amada,
es sentir y vivir sin vanaglorias,
sin pensar en bellezas ilusorias,
es despertarse el alba enamorada
del Dios que creó el cielo con estrellas.
Un caballero de mirar profundo
que escondía dolores y fracasos
dijo con voz calmada y sentenciosa,
humildad es grabar dentro del alma
el dar sin recibir, sin pedir nada,
es esperar el triunfo sin buscarlo,
es, en verdad, ser sabio sin notarlo.
No se dejó esperar la voz timbrada
de un estudiante que escucha atento
humildad es tomar la luz del día
y de cada fulgor no comprendido,
transformar su valor no definido
y con manos seguras y serenas
forjar un mundo nuevo, sin cadenas.
Yo quisiera decir, balbuceó un niño
con su boca manchada de espumilla
y mostrando sus dientes desiguales,
humildad es vivir agradecidos
por el poco o mucho pan que nos ofrecen,
es recibir de amor una caricia
de las manos que se abren sin malicia.
Y al fin, el trovador de las callejas,
organillero de sonrisa amable,
dejando descansar su tonadilla
y en actitud altiva, incontrastable,
humildad, afirmó con mucho acierto,
es apreciar la vida siendo pobres
y gozar sin orgullo siendo ricos.
Al momento un maestro que escuchaba
absorto con aquellas conclusiones, continuó,
la humildad para mi, si decir puedo,
es respetar la dignidad del hombre,
sumergirse en el yo, justo y sereno,
es aceptar el bien propio y ajeno,
libres de envidia de soberbia y miedo.
No muy lejos de allí, dos jovenzuelos
aplaudieron cocientes del momento,
la humildad es virtud que no se estila
en un mundo cargado de egoísmo,
el humilde no arriba ni prospera,
si levanta la frente lo escarnecen
para luego aplastarle la cabeza.
El otro dijo con pasmoso aplomo,
la humildad, mandamiento de hace siglos,
abate al ser humano hasta el abismo,
se va contra el dominio de sí mismo
acata sin protesta, se envilece,
automatiza su mirar sombrío
en obediencia vergonzante y necia.
Un mendigo que oyera aquellas frases,
conmovido con tantas reflexiones
expreso con firmeza y señorío,
humildad es vivir sin hacer daño,
es perdonar y amar sin condiciones,
es comprender a Dios sin desvaríos
para morir en paz, señores míos.
El humanista calló por un momento,
levantó la cabeza ante la gente
que rodeaba curiosa aquella esquina
y dijo las palabras más hermosas
que llegaron sin duda a los presentes,
por la leve sonrisa que flotaba,
por furtivos suspiros y el aplauso
que la emoción a todos arrancaba.
No esperemos milagros sobrehumanos,
no seamos robots de la inconciencia,
levantemos la voz cuando creamos
renovar principios y valores muertos,
vivamos sintiendo al ser humano
para ser de su esencia el paradigma,
artífice del mundo y de la vida.