MARAVILLOSO QUITO
Se desgajó un pedazo de Universo
acunando en solsticios y silencios;
se perfiló un boscaje de latidos
enredado en suspiros y en lamentos;
apareció la brisa, las riveras,
un eco, un manantial en la pradera,
un sabor a esperanzas, a quimeras,
un coro de gorriones inmigrantes,
un mural de alboradas semejantes
y un lascivo temblor de aguas doncellas.
Muro de chilcas negras en la fronda,
entre musgos y almiares ondulantes,
grieta de tierra virgen olvidada
tendida bajo el céfiro viajero;
huiracchuros cantores, golondrinas,
nieve, perfume, tunas, chuquirguas,
shanshis, mortiños, colibríes, paja,
plácido encanto, enjalbegado estío,
preludio en DO mayor del viento, el río
y al final..., soledad núbil y fría.
Paraíso pujante de Quitumbe
de cara al esplendor de su futuro;
dueño del arco iris, la vendimia,
del nacer de las voces, la alegría;
creador de una casta, de una lengua
con haces de concéntricos deseos,
henchidos de placer y odres vacíos
que desposara el aura con los trinos,
que coronara el sol en los caminos
esmaltados de gloria por los siglos.
Desfile de promesas, guerras, bodas:
un pacto, una princesa, una esmeralda,
un dominio de amor confederado,
shiris, puruháes, coltas, pantzaleos,...
Cacha, toa, Hualcopo Duchicela,
amándose entre ñáchag y arroyuelos,
uniéndose en crepúsculos dorados,
procreando libres ñustas virginales
plañideras, exóticas vestales
con lenguaje de sílfides y estrellas.
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La borla carmesí transforma al reino,
la vida, las costumbres, la bonanza;
Humiña se adormece complacida,
se engarza a Huaina Cápac, se somete
a la espléndida alfombra de festejos,
al trozo de horizonte niño y viejo
que recoge las lluvias vagabundas
orladas de constantes nieves mudas
con enigmas de Eurídices desnudas
entre follajes de tzímbalos y pencas.
Peldaños de ternura en los palacios,
rocosa melodía en los apriscos,
resurrección de cantos y de gritos,
clamor del vientre cósmico en espera,
del Señor de Señores, del ungido
por el candente dios de los confines;
y, en rito vesperal, la madre Luna,
bajo el cóncavo tul del Inti Rami
entre quipus, amautas, chasquis, guarmis,
se eleva de Atahualpa su estatura.
Oleaje de ambiciones en la noche
salpicada de luces en tormenta;
torbellino de odios y de amores
en la danza callada de los sueños;
sangre, conquista, el crimen fratricida,
suyo el Tahuantín, el imperio, suyo;
pronto el destino, corta la existencia,
espejismo de dicha solamente
en las manos crispadas de sus gente
y en sus ojos mojados de amargura.
Naufragio de palabras en la arena
teñidas de nostalgia y pesimismo,
cansancio de raíces en las venas
hinchadas de coraje y de impotencia;
primigenio dolor en los latidos
del Inca Rey que muere por ser eso,
sin lucha, sin victoria, sin derrota.
En tanto Rumiñahui, fuerte, arisco,
hace vibrar de fe al monte, al risco
en la pira espectral del alma quitu.
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Trueno brutal de látigos dispersos
en la siembra de raptos incompletos;
constelación de besos atrofiados
en el ombligo indígena del alba;
prolífero vivac de cicatrices
al nocturnal coito de la raza
que nace, que vive, que florece,
hilvanado jazmines diariamente,
alargando las manos de repente
para llenarlas solo de migajas.
Allí el centauro, el arcabuz, la barba,
los cañones, la Biblia, al armadura,
allí, codicia, imprecación, lascivia ,
cadenas, hierro, inquisición, conquista,
acá, la sumisión, esfuerzo, duda,
senos, pezones, vientres, muslos, pubis,
chigüiles, jora, chaguarmishqui, caña,
esponsal de Quitumbe con España
y embarazo de santos y patriotas.
Vistiéronse de brisa las montañas,
Cruz Loma, el Itchimbía, el Panecillo,
perdíase el Machángara en la bruma,
tomábanse del talle las praderas,
uníase el ocaso a la alborada...
y en las alas innúmeras del tiempo
se levantaron templos, campanarios,
se modelaron cúpulas doradas,
se pintaron imágenes sagradas
y se esculpieron Cristos y calvarios.
Litoral de cisternas carcomidas
por las ambición, el ansia, la lujuria;
despojos, atropellos, hurtos, hambre
en los umbrales de la adversa suerte;
oleaje de protestas congeladas
en los labios, los puños, las gargantas;
estancos desbordantes, alcabalas...,
conjunto de paréntesis salvajes,
en los campos, las minas, los obrajes
y en la vertiente helada de la vida.
Novilunio, el Yavirac respira
tumultos heredados de llovizna;
los sixes armonizan el arpegio
monótono de sapos y de grillos;
marca el ritmo la oshota, la chicharra
aletea en las cuerdas del silencio
y, en el Cundur Huachana, Guagua y Rucu,
viejo nido de cóndores ya muertos
se preparan suavísimos conciertos
de paz, de libertad, de independencia.
Entonces la raíz se vuelve garra,
la mazorca embrionaria se desgrana,
su germen libertario se dilata,
los ojos del temor se despedazan,
la sinfónica lucha se enternece
y cada pecho criollo se convierte
en trinchera, cañón, cuartel. hoguera,
donde el rebelde lanza el primer grito
que encuentra más allá del infinito,
la faz de Dios, poblada de sonrisas.
Grito triunfal de rebelión primera
que inflamaste la llacta, el huasipungo,
flama perenne de bravura quichua,
que forjó la nación, la patria india
de Gaspar de Villarroel y Daquilema,
Mariana de Jesús, Píntag, Espejo,
del Padre Almeida, de Gonzáles Suárez,
Manuela Sáez, la que amó a Bolívar,
de incalculables lienzos de Goríbar,
de albazos, cachullapis y leyendas.
Irguiose la peineta castellana
de las arrugas míticas del Ande;
tocose campanarios y trompetas
en iglesias, fortines y plazuelas;
se guardaron reliquias, obras de arte
en monasterios, nichos y capillas
y en el velo lunar de la callejas
brilló la luz de libertad primera
como fulgido haz de primavera
engastado en las cúpulas de América.
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De pie ciudad de Quito, la cristiana
la octava maravilla de la esfera;
de pie la noble, la leal, la grande,
la escogida, la fiel, la generosa,
cáliz del arrebol, cuna del trigo,
suspendida al calor del chaupi punlla;
arista de Pampite y Caspicara,
antesala imperial, trono del cielo
donde palpita el corazón del pueblo
entre pasillos, arpas y vihuelas.
Así te modelaron tus artistas,
científicos, poetas y maestros;
así te cincelaron la cintura,
hija del sol, aliada con las nubes;
un Miguel de Santiago, Juan el Greco,
Guayasamín, Mejía y Espín Yépez
te hicieron nido de fervor y lumbre
en donde se ha fraguado desde siempre,
con la sangre de Agosto, fuertemente,
la libertad del hombre y de la idea.
Así creciole trenzas a la aurora
entre cemento, hierro y aluminio;
así creciole brazos al poniente
para trazar caminos de ventura;
así pulió su entraña el plenilunio
en la cimiente de la historia patria.
Y, entre los senos glaucos del Pichincha,
Pachacamac, tenaz, aún bruñía,
con el buril equinoccial del día
al patrimonio cultural del mundo.
Quito triunfal, belleza multiforme,
entraña milenaria de temblores,
haz brotar de tu vientre nuevo trigo,
nutre las almas, determina, marcha,
perfílate, penetra, engendra, cuaja,
marca con celo el provenir del hombre;
permanece en la faz de tu alegría;
busca en la luz la tiara de tu gloria
que más allá del ser y de la historia
levitará la magia de tu nombre.